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De Quimeras y Ensoñaciones

peccata minuta

peccata minuta Sostenía una copa de coñac en la mano derecha y la primera edición del periódico de la mañana en la izquierda, de pie, junto al alféizar de la ventana, con la mirada perdida depositada en un mundo irreal, en un Olimpo de color verde oliva, verde pipermin, ese licor de menta que ella tanto apreciaba, donde cobraba vida el recuerdo de tragicomedia acaecido la madrugada atrás, que desmentía el libelo publicado que acaba de leer en aquel trozo de papel que ahora estrujaba y exprimía en su mano queriéndolo hacer desaparecer, reducir a polvo de estrellas cual hojas secas desmenuzadas al pisarlas con los pies.

Ahora dormía con los peces de colores en el acuario del hotel, semioculto entre hierbas y piedrecitas del fondo, despreciado por los rojos y coloridos moradores de aquel ecosistema acuático, el aro de oro con incrustaciones de diamantes, el anillo de compromiso dormía esotérico y clandestino sobre el limo de aquella imitación de un fondo marino, ignorado por las algas que acariciaban su metálico brillo y se enredaban entre la formación cristalina de carbono puro que coronaba su cima, sus diamantes, ahora enterrado en la miseria del olvido de una pecera de peces de colores tropicales de un hotel de cinco estrellas.

Se había forjado el oro del anillo a sangre, sudor y fuego en la fragua del platero más exquisito de la ciudad y traídas las piedras de las minas del África recóndita y profunda para ser engastadas con maestría artesana por las manos de un cirujano con el más afilado bisturí. La indescriptible belleza de aquella pieza de orfebrería tenía un destinatario con nombre de mujer, dotada de una sensualidad desbordante, de esas que hace mirar la vista atrás al caminante, silbar, girar la cabeza para contemplar por detrás y por delante monumento semejante.
Se lo dijo con una pancarta enorme, bordada con hilos de oro y desplegada al viento a los pies del aeropuerto, al regreso de ella de su viaje de negocios, donde la esperaba enamorado y deseoso, portando en una caja ricamente decorada, un anillo de oro y diamantes.
Ella, sin él saberlo, se despedía con un beso de un apuesto pasajero que contempló desde lejos, con una risa cómplice y sarcástica, la pancarta en la cual se decía y preguntaba: “Te quiero. ¿Quieres casarte conmigo?”
Azorada y aturdida por el recibimiento, que se vestía con trazas de traición y remordimientos, en aquella sala enorme repleta de gente extraña que les miraba con deseos de infundir ánimos, ella le rodeó con sus brazos, despacio, desmayada, sin ganas y le contestó con un “si quiero”, bajito, embustero, desmañado. Su bajo entusiasmo quedó oculto y perdonado bajo el signo, la excusa del cansancio, del trabajo, de un viaje de regreso largo, la disculpa de un viaje aburrido y anodino, bajo un falso cansancio que ocultaba una infidelidad que llevaba visos de echar fuertes raíces en su corazón de ser egoísta y material, al que le brillaron los ojos de codicia al contemplar aquel anillo dorado que un hombre enamorado le colocaba tiernamente en su dedo anular. Y al contemplar su brillo, olvidó el brillo de los ojos del otro hombre, de su amante.

Tan sólo fue una peccata minuta. Un error insignificante. No volvería a pecar con el deseo de la carne, ahora era oficial y en cierto modo y a su modo, aquel rico y elegante tipo con el cual acababa de comprometerse en matrimonio, también tenía un cierto atractivo físico que no le era indiferente.
Un compromiso, un noviazgo corto, una boda de cine, lujos y derroches y con el paso del tiempo, a unos pocos meses vista, el brillo de un anillo con diamantes que se apaga y ya no luce como antes, ya no brilla tanto como los ojos de otros viandantes apuestos y gallardos que viajan lejos en viajes de negocios y se sienten solos y buscan acompañantes que rompan los instantes de tedio.

Tan sólo es una peccata minuta.

Estaba allí, de pie, vanagloriándose de su acto denigrante, jactándose de su propia cobardía, de su huida, navegando por el recuerdo de la madrugada teñida de sangre a la luz de la luna, riendo las mentiras especulativas del diario que sostenía en su mano y el alcohol que quemaba su interior no acostumbrado. Cuchicheos de hotel saltaban de clientes a encargados siempre manchados de sangre y con un número de habitación, la suit nupcial .
Se reía con jadeos criminales de aquellos distorsionadores de noticias que escribían libelos en el diario, que aun sostenía en la mano, sobre dos recién casados que habían sido asesinados en un hotel presuntamente por algún ajuste de cuentas entre mafias, pues el cadáver de la mujer había aparecido con el dedo anular cortado, símbolo de venganza de ciertas mafias occidentales.

Un detective recibía transferencias bancarias cargadas de ceros de un personaje anónimo para vigilar a una mujer de sexualidad exuberante que concertaba sus citas siempre en el mismo hotel de una ciudad lejana. El dinero mueve muchos hilos y fue fácil que a aquellos dos amantes se les acomodara en aquella suit pretextando falta de otras habitaciones, algo que ellos celebraron con agrado, sin sospechar que la fatalidad les acechaba tras las puertas de aquella habitación cerrada.
La venganza la consumó en la suit nupcial, predestinada, en el nido de amor.

Miró la pecera del hotel, a los peces parecía no gustarle el sabor de la carne humana.

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